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Barras: el fútbol debe sanar sus expresiones de machismo y regionalismo

Pablo Ruiz Aguirre
Universidad Técnica Particular de Loja
miércoles, febrero 15, 2017
  Después de los últimos hechos relacionados con la violencia en el fútbol ecuatoriano, el accionar de los hinchas, los heridos, las barras… este deporte puede ser analizado desde el punto de vista sociológico y desde lo psicológico para la comprensión de su problemática y la búsqueda de soluciones a la misma. Desde la sociología […]

 

Después de los últimos hechos relacionados con la violencia en el fútbol ecuatoriano, el accionar de los hinchas, los heridos, las barras… este deporte puede ser analizado desde el punto de vista sociológico y desde lo psicológico para la comprensión de su problemática y la búsqueda de soluciones a la misma.

Desde la sociología considerando a Pierre Bourdieu, se puede reflexionar que los campos deportivos son espectros físicos que crean sus propias condiciones sociales, económicas, políticas, culturales en relación a un medio externo. Es decir, un campo deportivo otorga al hincha la oportunidad de creación o seguimiento de una realidad diferente a la que vive fuera de ese espacio. Así entonces, el estadio en sí mismo, permite la construcción de nuevas identidades que nacen en el campo deportivo a través de modelos binarios y contrapuestos que se basan en un rito, un cántico, un color, un pensamiento etc. Dichos roles podrán ser asumidos por algunos aficionados únicamente dentro del campo deportivo mientras que otros lo trasladarán también fuera de él.

En el fútbol ecuatoriano las barras nacieron en la década de los 90, sobre todo las principales: Barcelona (Sur Oscura), Emelec (Boca del Pozo), Liga Deportiva Universitaria (Muerte Blanca). Estas barras son ejemplo de lo anteriormente descrito, pues permiten la edificación de una identidad por sí misma y en relación a un referente externo que puede ser el equipo contrario. Otro fenómeno que se vislumbra aquí, es que muchas de estas barras se basan en la regionalización que ya de por sí está presente fuera del campo deportivo en un país bicéfalo (Quito- Guayaquil) o tricéfalo (Quito- Guayaquil-Cuenca) como el nuestro que evoca una defensa acérrima de la identidad territorial.

Un escenario deportivo permite entonces una construcción de una identidad, que es exenta a la que tenga el hincha fuera del estadio o que incluso en casos más extremos las reproduce fuera de él trasladando y defendiendo esta identidad en el día a día, pudiendo darse una conflicto de identidades y la superposición de una de ellas por sobre otra. En esta misma línea, otro fenómeno, que complica un poco más este análisis, es que se debe considerar que Ecuador es un país patriarcal, en donde la ciudadanía defiende sus distintos roles de género y en donde ellos son identificados con particularidades, en el caso del género masculino entonces los escenarios deportivos permiten el desenvolvimiento del rol de macho; es decir, que vaya el hincha a defender ese rol masculino en donde tiene que saber pelear, defenderse, ganar, insultar implantando y reproduciendo así su nueva categoría social y en suma a ello su identidad nueva.

Por otro lado, desde el punto de vista psicológico y en particular considerando la psicología de masas Gustave Le Bon, al estudiar las masas (grupo de personas cohesionadas), manifiesta que una de las características de ellas es que esta sea irresponsable, precisamente porque en un grupo de personas se puede distribuir la responsabilidad de una acción, sobre todo si es negativa, no siendo necesario ser lógico o racional, sino dando una libertad de hacer o decir lo que necesariamente un individuo solo por sí mismo no diría o hiciera: si un hincha va a un estadio y está solo con el árbitro no va a gritar epítetos en su contra porque se lo puede identificar. En cambio como la masa es irresponsable, cuando el hincha se encuentra en masa la responsabilidad también se reparte y en ese graderío lleno de personas, todos gritan en una sola voz epítetos en contra del árbitro y nadie los puede identificar. Esto es lo que habilita un escenario deportivo, la distribución de irresponsabilidad de acción o palabra. Se puede ampliar esta parte de análisis estudiando otras características de la masa como su facilidad de sugestión, su repetición sin lógica o su razonamiento por analogía.

En esta misma línea una categoría más de análisis que se suma puede estar relacionada con los mecanismos de sublimación que se utilizan para desencadenar lo que las personas mantienen interiorizado. En ese sentido, mucha gente acude a un gimnasio a desfogar la energía física o mental, otros hacen deporte, otras personas utilizan un escenario deportivo para extrapolar esa energía reprimida y exteriorizarla, lo cual evidentemente podría ser un peligro.

De ahí que los problemas de violencia entonces en los estadios deportivos podrían ser efecto de cuatro cuestiones ligadas que no son por supuesto taxativas: la construcción de una identidad a raíz de los equipos y su defensa, el cumplimiento del rol de masculinidad en un país netamente machista, la distribución de la responsabilidad en masa (hinchada) y la oportunidad de sublimación de la audiencia.

En ese sentido, en el fútbol ecuatoriano se pueden observar las cuatro categorías anteriores  reproducidas en los escenarios deportivos. Allí la violencia está interiorizada. Por ejemplo los nombres de las barras tienen un uso de lenguaje fanático y violento, se ve entonces los cánticos de la Muerte Blanca (Liga) “el que no salta es mono” ahí está el enfoque de la regionalización, la alusión a la muerte, el cántico que ofrece sublimación. En contra del Barcelona se expresa “Torero meco sueñas con salir campeón…”. Aquí se observa a la violencia como mecanismo de interiorización, la feminización del lenguaje, el uso peyorativo del género y el cumplimiento del rol de macho por ejemplo.

Es así, que la investigación de la violencia del fútbol se debe observar tomando en cuenta estas y otras categorías y de ahí comenzar a analizar su prevención. Mecanismos de circuito cerrado de cámaras, que el aforo tiene que ser limitado y a raíz de eso se pueden controlar a las barras. La concientización del uso del lenguaje, la destrucción de una identidad peligrosa. Es decir, el control de la violencia va más allá de lo que establezca el Código Integral Penal o lo que digan los Intendentes al momento de sancionar una infracción que va desde lo comunitario hasta la prohibición de la asistencia a los estadios; el asunto es más profundo y la clave de entendimiento está en los roles, las identidades y la sublimación. Pues el fútbol es como una tribu, tiene un tótem, un color de camiseta, cánticos, hasta una ideología, que permite a la ciudadanía tomar mecanismos heurísticos de decisión y abstraerse de la realidad social redefiniéndose para ser parte de un grupo social –equipo- brindando la oportunidad de la acción y la palabra violenta, que es aquello que debemos evitar, no controlar.

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