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El abuso infantil tiene vía libre en un mundo que considera menos personas a niños y niñas

María Amelia Viteri
Universidad San Francisco de Quito
lunes, diciembre 25, 2017
Son los artículos que más han circulado durante el año, lúcidos análisis de académicos de las principales universidades del país sobre política, economía, tecnología, ciencia, arte, música, ambiente, salud… Una selección de La Conversación sobre lo más leído y comentado durante 2017, con la idea siempre de llevar la academia a la comunidad, de apostar por nuevos gestores de opinión pública, desde una pluralidad de voces…

¿Cómo es posible que los adultos llamados a desempeñar roles de educación y cuidado abusen sexualmente de niñas, niños y adolescentes? La interrogante surge ante una dolorosa realidad que se ha mantenido a la sombra durante mucho tiempo.

El maltrato adopta una variedad de formas: física, sicológica, simbólica, laboral, abuso sexual, entre otras modalidades. Asimismo, se da con frecuencia en el hogar, en instituciones educativas, en el trabajo… en lugares donde niñas y niños deberían sentirse seguros y protegidos.

Esta conducta puede encontrar una explicación desde la antropología cultural y de género, y desde los derechos de las niñas y los niños.

El Ecuador, igual que otros países de la región, se encuentra embebido en un universo adultocentrista, donde únicamente se otorga credibilidad a la palabra de las personas adultas, mientras los niños y las niñas son considerados menos personas y con ello menos ciudadanos. En un mundo donde son tachados de inferiores, están expuestos a todo tipo de violencia.

El adultocentrismo ha naturalizado al castigo físico como la forma más apropiada para  disciplinar y “educar” a niñas y niños en el corazón de la familia. La práctica se encuentra tan arraigada en la cultura individual y social, al punto de no percibirla como un problema. El maltrato perpetrado –generalmente- por el padre, la madre u otro adulto se reproduce, de generación en generación. Así se abre la puerta a las violencias de todo tipo.

Otro rasgo relacionado al abuso, es la normativa alrededor de la heterosexualidad y la reproducción como el único modelo viable para desarrollar una familia, como si fuera condición exclusiva para expresar amor, deseo, cuidado. Nada más alejado de la realidad, sobre todo cuando vemos las estadísticas de violencia intrafamiliar en una buena mayoría de estas familias.  Es decir, este tipo de familia imaginado como “ideal” registra el mayor número de casos de violencia.

Es en la familia en donde se reproduce el adultocentrismo que no reconoce a niñas y niños como seres en igualdad de derechos y se niega a creerles cuando son víctimas de abuso. Por supuesto, hay excepciones, como la madre del ‘Principito’ que hizo público el caso de su hijo, llevó al agresor ante la justicia y ha sido el principal apoyo del niño.

El Estado debería propiciar un cambio estructural de las formas culturales que son permisivas ante el abuso. También cabe llamar la atención a la academia, la legislatura, los diseñadores de políticas públicas, al activismo, a fin de orientar los esfuerzos hacia ese cambio.

Últimamente han salido a la luz varios casos de abusos sexuales ocurridos en instituciones educativas, pero aún son pocos los padres y madres que se atreven a denunciar. El temor al estigma que recae en las niñas y niños sobrevivientes de este tipo de violencia y para las familias es una barrera que la mayoría prefiere eludir. Por eso callan.

En Ecuador y en otros países de la región el Estado se presta poca atención a las etapas de crecimiento de niñas y niños; el enfoque educativo, en su generalidad, va a estar dirigido a prevenir el embarazo mediante, por ejemplo, el acceso a condones, pero ¿cómo lo evita una niña menor de edad de 10, 12, 16 años que es abusada por su tío, su padre, padrastro, abuelo, vecino, padrino o amigo cercano de la familia?.

El Estado debería propiciar un cambio estructural de las formas culturales que son permisivas ante el abuso. También cabe llamar la atención a la academia, la legislatura, los diseñadores de políticas públicas, al activismo, a fin de orientar los esfuerzos hacia el cambio estructural. Ya hemos puesto mucho énfasis en crear políticas y leyes, mas necesitan ir acompañadas de estrategias puntuales y cotidianas, auto-reflexivas para cambiar el imaginario cultural.

Ni desde el Estado ni desde la sociedad hemos trabajado lo suficiente para conocer cómo se crean las llamadas “masculinidades dominantes”, violentas, que abusan, golpean, hieren a niñas, niños, mujeres (incluso las matan) y también a otros hombres. Hace falta saber más para poder cambiar estas conductas desde la casa, para no reproducir esos patrones.  Por ejemplo, la investigación ahora plasmada en el libro Patrones Culturales de Violencia contra las Niñas, publicado por la Editorial Bitácoras de la Universidad San Francisco de Quito, y disponible en dicha página y en la de Plan Internacional, nos muestra que el problema no tiene que ver con un tema de educación en el sentido de escolarización. La cuestión va mucho más allá de la enseñanza-aprendizaje ni se asocia a un nivel económico menos favorecido. El problema es el marco estructural de dominación que no considera a los niños tan humanos o tan personas como los adultos.

El pasado fin de semana se llevaron a cabo marchas en varias ciudades del país, impulsadas por organizaciones de familias que se consideran tradicionales. Al respecto vale preguntar sobre el tipo de familia que dicen proteger. ¿Acaso la familia de doble moral? o ¿aquella familia que permite a los adultos amenazar, castigar y abusar de los niños y niñas? ¿una familia que es permisiva y actora de las violencias -varias- contra sus mujeres por ser mujeres?

Sería bueno que digan si buscan proteger una familia donde los niños sean tratados sin violencia, como seres humanos. Y, en caso de haberla, que una comunidad familiar, estatal y educativa fomente el estigma social hacia las familias que violentan a sus niñas, niños, mujeres. Entonces, que marche todo el país en contra de estas violencias y sus perpetradores.  No sé si esta propuesta signifique soñar muy alto, pero cuánto bien le haría al país el realizar una profunda reflexión sobre cuál familia se quiere rescatar.

El abuso sexual deja secuelas para toda la vida. Sin embargo, un sobreviviente de este acto execrable puede lograr recuperarse en un entorno de apoyo familiar, psicológico, educativo, estatal, con una sociedad que le ayude a levantarse y así canalizar el estrés postraumático hacia algo que le permita florecer.

Los casos que se han hecho públicos deberían servir de impulso a los padres y madres, educadores y ciudadanía en general para rechazar fuertemente estas prácticas y juntar a las familias con niñas y niños sobrevivientes de violencia a salir a las calles a protestar contra el abuso sexual y por el bienestar de la vida.

Ahora es momento de dejar a un lado los miedos y hablar abiertamente sobre el abuso infantil de mano de sus dadores de cuidado, porque afecta a una de las poblaciones más vulnerables y más importantes de una sociedad.  Por qué cuesta tanto escuchar, proteger y educar a los niños y niñas sin violencias?

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