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Somos un país que alimenta queramos o no la violencia de género

María Amelia Viteri
Universidad San Francisco de Quito
miércoles, enero 3, 2018
La realidad que vive el país en materia de violencia de género, llama a la reflexión. Se trata de un circulo perverso con patrones sociales y culturales que se repiten en las familias de todos los estratos sociales donde perdura el estereotipo de una cultura machista, que se refleja en dolorosas muertes.

¿Qué habría pasado si Emilia Benavides en lugar de tener 9 años de edad hubiese tenido 18? Seguramente la reacción mayoritaria hubiese sido en contra de la víctima. La habrían acusado de ser la causante de su femicidio en lugar de horrorizarse por el asesinato.

De manera consciente o inconsciente la sociedad colabora en un femicidio. El tejido social lo conforman instituciones, medios de comunicación, organizaciones religiosas, las familias, las instituciones educativas. En otras palabras, somos un país que habilita la violencia de género.

El brutal crimen perpetrado contra Emilia, la niña lojana, ha conmovido al país entero, pero ella no ha sido y lastimosamente no será la única víctima de femicidio, una realidad que coloca al Ecuador en cifras rojas. Solo hasta octubre de 2017 se habían contabilizado 132 casos según la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos (CEDHU).

La realidad que vive el país en materia de violencia de género, llama a la reflexión. Se trata de un circulo perverso con patrones sociales y culturales que se repiten en las familias de todos los estratos sociales donde perdura el estereotipo de una cultura machista, que se refleja en dolorosas muertes.

Las reacciones estereotipadas en redes sociales y reuniones familiares en torno a los asesinatos de Karina del Pozo (2013), Vanessa Landinez (2014), la cantante Sharon (2015), Marina Menegazzo y María José Coni (2016), por mencionar algunos de los casos que conmocionaron al país, es un trágico termómetro que demuestra cómo piensa la sociedad sobre la violencia de género. Gran parte de los comentarios en redes sociales estigmatizaron a estas mujeres asesinadas, lo hicieron de igual manera con la muerte prevenible y violenta de Samuel Chambers.

¿En qué espacio se encuentra una niña o una mujer segura? La repuesta es en ninguno. Con su familia no, porque posiblemente, si miramos a los datos de los estudios más recientes incluyendo el de Patrones de Violencia contra las Niñas en Ecuador, alguien de su entorno puede abusarla física, sexual psicológica y verbalmente. En la calle, en sus trayectos a la escuela, colegio o lugar de trabajo tampoco, pues el acoso callejero está normalizado. Las instituciones educativas tampoco han podido prevenir las diferentes formas de violencia estructurales basadas en género.

¿Qué puede hacer una mujer o una niña para reducir las posibilidades de ser violentada? Pedir a su familia, sus instituciones religiosas, educativas y a los medios de comunicación que no reifican ideas que causan o ayudan a la violencia, desde chistes sexistas hasta doble moral. Valorar a hombres y mujeres, niñas y niños como iguales.

La familia, los medios de comunicación, la iglesia y templos de fe, las escuelas e instituciones educativas deben ser corresponsales en la tarea de reducir hasta eliminar la violencia de género. Si esto no sucede, los cambios van a ser mínimos, traduciéndose en sufrimiento y muertes.

Varios expertos en temas de la niñez aseguran que los cambios al Código de la Niñez impulsados por el gobierno anterior desmantelaron el sistema de protección que existía, lo cual en cierta medida puede haber habilitado una mayor cantidad de casos de abuso sexual.

Una de las acciones urgentes para evitar los femicidios en el país es retomar el sistema integral específico para niños, niñas y adolescentes, en donde la protección no sea competencia exclusiva del Estado, sino que se retorne a la corresponsabilidad compartida con los padres, madres, jóvenes, líderes comunitarios, por ejemplo a través de la defensa comunitaria.

Es necesario que marchas como la organizada por la Arquidiócesis de Loja tras lo ocurrido con Emilia Benavides se tomen como ejemplo y que la iglesia se sume al trabajo realizado de los diferentes colectivos para confrontar los estereotipos que causan violencia.

También es pertinente que la comunidad, la iglesia, la familia, las instituciones educativas se integren al rol de prevenir hasta eliminar cualquier forma de exclusión. Los medios de comunicación deben crear espacios de reflexión sobre este fenómeno lacerante.

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