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La guerra mezquina contra el jugo de naranja


Juan Fernando Carpio
Universidad San Francisco de Quito
domingo, mayo 8, 2016
La Escuela Superior Politécnica del Litoral mostraba anualmente el Global Entrepreneurship Monitor y en dicho informe Ecuador tenía una de las tasas de emprendimiento más altas del mundo. Celebrar el dato fue la reacción generalizada. Pero yo estuve entre los economistas y analistas que pensaron que aquel era un pésimo indicador. ¿Por qué? Porque el dato […]

La Escuela Superior Politécnica del Litoral mostraba anualmente el Global Entrepreneurship Monitor y en dicho informe Ecuador tenía una de las tasas de emprendimiento más altas del mundo. Celebrar el dato fue la reacción generalizada. Pero yo estuve entre los economistas y analistas que pensaron que aquel era un pésimo indicador.

¿Por qué? Porque el dato significa que a falta de empresa consolidada y empleo bien dotado, la gente se auto emplea en pequeños negocios.  No hay nada de malo en todo esto, pero esta es una acción que en Ecuador se da de forma desproporcional.

Es bueno el emprendimiento propio y yo lo celebro. Pero en términos estructurales, contar con un empresariado y fuentes de empleo consistentes generan un pool de nuevos conocimientos y desarrollos para la sociedad en su conjunto.

Con esta reflexión inicial, considero que la venta de jugos de naranja en las calles de Quito revela algunos aspectos. De entrada se ve una guerra contra una forma de ganarse la vida de un grupo de personas que no ha pasado por ciertos ‘requisitos’. Digamos que existe una ‘teoría laboral del sudor y el sufrimiento’ que aflora entre los ecuatorianos. Entonces, si alguien no ha estudiado dos o tres años en un instituto gastronómico no tiene derecho a vender comida. Por eso vamos con quien tiene todas las certificaciones y por quien pasó por todo el sudor y el sufrimiento para alcanzarlas. No en vano tenemos la expresión: pagar el derecho de piso.

Este es un lastre medieval, pues refleja un afán oligopolizador de los gremios de aquella época que hacían pasar a la gente por fases de aprendiz, con todo el sudor y el sufrimiento del caso, para permitir que participen en su actividad. Esta es una mezquindad.

De vuelta a la actualidad, y pensando un poco mal, algún gremio que está siendo injustamente presionado por una carga tributaria adicional, tiene que atacar a quienes están entrando y no pagan impuestos. En este contexto, hace poco tuve una charla en la cual sostenía que todos deben pagar un impuesto, bajo, pero que paguen todos. Y alguien me decía que no concordaba y que aquel que pudiera librarse de los impuestos, sea por la izquierda o por la derecha, debía hacerlo. Porque es como si alguien a quien le están ahorcando se alegrase porque ahorquen a otro también, en vez de luchar para que dejen de ahorcarlo.

Aquí lo humano, lo no mezquino, es no querer que esclavicen a otros, sino que tú te liberes. Y se debiera celebrar que otros ya estén liberados, incluso cuando tú no lo estés.

Si en algún futuro cercano queremos considerarnos una sociedad civilizada tenemos que dejar de usar la fuerza como primera instancia. Aplicarla contra los vendedores de jugo de naranja, por ejemplo, desperdicia una oportunidad de formalización de estas economías emergentes. Inicialmente debemos persuadir, capacitar, incentivar, innovar entre quienes generan estos emprendimientos. Y a la par tenemos que educar al consumidor, porque al final de cuentas tener un consumidor documentado y exigente supone contar con un gran certificador de los negocios que nacen. Y siempre defendiendo un ejercicio de libertad de opción, en vez de repetir palabras que el común de los ecuatorianos tenemos en la punta de la lengua, como mafia, con la cual desbaratamos cualquier acción.

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