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Totalitarismo creciente


Francisco Huerta Montalvo
Universidad Casa Grande
miércoles, mayo 4, 2016
Pese a todas las tensiones y distorsiones que genera el comportamiento de los que gobiernan actualmente el Ecuador —que todo lo miran con un interés político-partidista—, el pueblo ha manifestado gran solidaridad fundamentada en altruismo, sin otro interés que el de servir, y no el de servirse. Esta es la contradicción fundamental que por suerte […]

Pese a todas las tensiones y distorsiones que genera el comportamiento de los que gobiernan actualmente el Ecuador —que todo lo miran con un interés político-partidista—, el pueblo ha manifestado gran solidaridad fundamentada en altruismo, sin otro interés que el de servir, y no el de servirse.

Esta es la contradicción fundamental que por suerte tiene un balance positivo en favor del pueblo ecuatoriano, pero que revela —y repugna que así ocurra— un comportamiento que incluso ha despreciado ayuda internacional de varios países para dar espacio a terceros en función de visiones ideologizadas.

La sociedad civil tiene una representación intermedia en sus organizaciones locales. En crisis previas ya se vio que los municipios sostuvieron al país. Las ciudades y las provincias vivieron en razón del trabajo de sus alcaldes y prefectos en momentos de casi desaparición del Estado.

Así ha venido siendo en los últimos tiempos, salvo en los actuales, en que el Estado quiere coparlo todo con una visión centro-estatista desmesurada que da lugar a que no tengamos, frente a crisis como la que estamos enfrentando, la concurrencia orgánica de todos los sectores y más bien tenemos que imponer como sociedad civil la posibilidad de colaborar con los damnificados en razón de que el Estado lo interfiere todo. Pero yo creo que esto va a terminar pronto.

Decía José Martí —y es respetable para todos— que el municipio es la pedagogía de la libertad. Allí nace la condición ciudadana, cuya raíz es la misma que la de civismo. Si esto se coarta por acción del Estado —que es una superestructura creada para organizar el trabajo de lo seccional, pero no para dominarlo y sobreponerse a él—, entonces no puede resistir mucho tiempo.

En el instante que vive la República, no es tiempo de esquemas federativos. No hemos tenido en el ámbito mundial experiencias federativas que se muestren mejor que las de régimen unitario. Lo que sí tenemos que seguir insistiendo es en acabar con el centralismo, cualquiera sea la tendencia a la cual se represente, y todas las manifestaciones de híper presidencialismo que le restan poder a lo local.

¿Cómo potenciar la proactividad de la sociedad civil y de lo local? La fórmula es vieja y es de Domingo Faustino Sarmiento: si el pueblo es el soberano hay que educar al soberano. Sus valores son casi genéticos, como la solidaridad. Entiende que tiene que ser respetuoso del otro por su simple condición de humano, pero no tiene conciencia clara de lo político. Y a veces esto lleva a pensar que se entiende más de derechos que de deberes políticos y no se evoluciona a los derechos humanos de segunda y tercera generación.

Aquí, exagerando junto con Thomas Jefferson, ya sabemos que el árbol de la libertad requiere de sangre de patriotas y tiranos. Ese es su abono natural. Pero un hedonismo, propio de estos tiempos, mirado desde la lupa del discurso del éxito, impide que viejos valores como la libertad sigan floreciendo. Y más bien mientras coma y me sigan respetando que coma donde yo quiera, hasta ese derecho se va a perder, si el Estado sigue abarcándolo todo. Ya nos prohíben hasta llorar.

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