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Espacio público en Quito: el sin sentido es evidente


Cristina Bueno
Universidad San Francisco de Quito
jueves, octubre 27, 2016
Desde un punto de vista jurídico, el espacio público es todo aquello que no es privado. Desde un punto de vista social, se trata del lugar de aprendizaje de civilidad, el lugar de tolerancia hacia el otro y en dónde una presencia no excluye otra. Desde la mirada arquitectónica, el espacio público es un vacío […]

Desde un punto de vista jurídico, el espacio público es todo aquello que no es privado. Desde un punto de vista social, se trata del lugar de aprendizaje de civilidad, el lugar de tolerancia hacia el otro y en dónde una presencia no excluye otra. Desde la mirada arquitectónica, el espacio público es un vacío definido por planos verticales -las fachadas- o, como dice Louis Kahn en su libro Silencio y Luz “una sala comunal abierta al cielo”. Todas estas definiciones son verdaderas.

En el Hábitat III, el espacio público ha sido un gran protagonista. Y es que desde el concepto de “Derecho a la ciudad” que la cumbre ha resaltado, el espacio público es la infraestructura espacial incluyente que refleja el estado de salud de una urbe.

Creo que más allá de lo mucho que se pudo decir sobre el espacio público durante la cumbre, es “Hábitat Village” el programa vanguardista del Hábitat que permitió visibilizar esta visión. Consistía en la construcción de 42 proyectos urbanos que tenían especial atención en consolidar un espacio público volcado hacia la gente local, el autogobierno y la dinamización mediante actividades para todos.

Priorizando las dos primeras definiciones, los cuatro días del Hábitat III parecen haber dejado algo muy claro: la mirada arquitectónica es la causa de un espacio público excluyente, desértico y proyectado desde el papel lejano de una oficina.

Pero el arquitecto, su mirada poética, su sensibilidad para captar las necesidades de la gente, su capacidad para leer la esencia de un lugar, sus conocimientos para moldear el espacio, no deberían ser descartados. Las definiciones del concepto de espacio público deberían ser como su contenido: pluralistas y variadas, incluyentes y múltiples.

En cambio, el Hábitat III calló frente a la acción de otros actores en la fábrica del espacio público mucho más poderosos y potencialmente más peligrosos: los gobiernos locales y nacionales.

Por ejemplo, uno de los proyectos avalados por el Hábitat Village llamado “Haciendo Vecindario” fue desmantelado por la noche y a hurtadillas por la Epmmop, por considerar que se trataba una crítica a la actual administración municipal. La absoluta indiferencia e incluso ignorancia frente a las propuestas ciudadanas es un error gravísimo en la fabricación de espacio público e incluso en la consolidación de la experiencia urbana y de la identidad de ciudad.

Otro grave error municipal fue el haber descartado la posibilidad de conectar los proyectos. Y es que al minimizar el aporte del arquitecto también se minimiza su visión del espacio público como una red de vacío urbano que debe conectar distintos puntos y debe constituir un paseo de actividades que se expande y se contrae. Se perpetúa así uno de los más grandes prejuicios del día a día sobre el espacio público: se lo limita a plazas y parques y se descarta el espacio que las conecta. Resultado: una ciudad difícilmente caminable para el peatón, fragmentada y hostil. Una ciudad como Quito.

Pero sin duda estas pequeñas acciones de las autoridades locales que coartaron el desarrollo mismo de Hábitat Village, no se comparan con la magnitud del trasfondo local: Quito se desangraba entre un discurso de espacio público inclusivo y la realidad propuesta por los programas de la Epmmop y de la Secretaría de Territorio.

Ejemplo de ello fueron las constantes manifestaciones de ciudadanos frente a la “Solución Vial Guayasamín”, propuesta que asegura romper con la superficie de base para el espacio público priorizando una visión vehicular de ciudad dispersa y suburbana.

O la propuesta tremendamente mercantilista del suelo que excluyen la inclusión del espacio público con grandes urbanizaciones cerradas y elitistas como la de San Patricio o Nápoles que se promovían clientelarmente en el marco del Hábitat por la Secretaría del Territorio.

Felizmente está Quito. Su paisaje, un valle protegido por montañas bajo un cielo despejado, y su perfil urbano que revela las capas en el tiempo desde la colonia a la modernidad. Este escenario fue recordado durante el Hábitat porque la organización de la cumbre obligaba a recorrer el espacio urbano de manera distinta. Esta breve desorientación que viene de lo inusual nos recordó a todos quienes asistimos al Hábitat lo hermosa que es la ciudad como un escenario magnifico para el espacio público.

El marco para el encuentro urbano está, ahora solo nos hace falta consolidarlo.

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