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La ciudad inteligente, más allá del concepto


Carlos Tutivén Román
Universidad Casa Grande
viernes, octubre 21, 2016
En los últimos años se viene discutiendo entre urbanistas, arquitectos, ingenieros cibernéticos e informacionales e investigadores de las ciencias sociales interesados en temáticas urbanas el concepto de ciudad inteligente. La expresión se la puede encontrar con mucha frecuencia en algunas noticias o informes técnicos que  refieren a la implementación de planes de gobernanza administrativa y […]

En los últimos años se viene discutiendo entre urbanistas, arquitectos, ingenieros cibernéticos e informacionales e investigadores de las ciencias sociales interesados en temáticas urbanas el concepto de ciudad inteligente. La expresión se la puede encontrar con mucha frecuencia en algunas noticias o informes técnicos que  refieren a la implementación de planes de gobernanza administrativa y comunicativa de gobiernos nacionales o municipios que buscan desarrollar sectores y zonas urbanas grandes o específicas, buscando con esto un progresivo acople con la sociedad del conocimiento.

La expresión “ciudades inteligentes” también se usa mucho en los sectores empresariales y financieros ligados al desarrollo de la investigación e innovación tecnológica para el desarrollo de ciudades competitivas y globalizadas.  En este contexto el desarrollo de software, programas y aplicaciones para la productividad, la organización de procesos y circulación de bienes e información son imprescindibles.

Sin embrago, el término Ciudad Inteligente no debe quedar restringido a los usos y servicios tecnológicos que ofrezca una ciudad o a la inversión económica de corporaciones informáticas. Se debe asumir una perspectiva más amplia e integral que abarca aspectos como la consciencia ecológica, la responsabilidad social de instituciones públicas, privadas y empresariales, la producción y consumo sustentable, y sobre todo, de unas “ciudadanías digitales” emprendedoras y a la vez responsables. La Ciudad Inteligente es hija de la Globalización y la Sociedad del Conocimiento. Al menos, este es el ideal. 

Si partimos de una definición consensuada de inteligencia, la cual sostiene que es la  capacidad psíquica y consciente para entender, procesar y resolver problemas, una ciudad será “inteligente”, al menos en el discurso, si sabe disponer, primero, de una infraestructura tecnológica adecuada para la captura,  procesamiento y devolución de información relevante a sus usuarios y, segundo, un sistema concertado de comunicación interdisciplinaria para la toma de decisiones que la hagan eficaz a la hora de administrar, gestionar y resolver los problemas urbanos que una ciudad a diario debe atender.

Para empezar a lograrlo los gobiernos y el sector privado, aparte de la inversión en infraestructura tecnológica ya mencionada, debe invertir en procesos educativos continuos que acerquen a la ciudadanía a las competencias requeridas para movilizarse en el nuevo ecosistema, combinado todo esto con políticas de asistencias y servicios de carácter social que vayan generando unas sinergias que justifiquen la inteligencia de esta gestión. 

Las ciudades inteligentes son el resultado de la relación entre los continuos y variados procesos de emergencia, integración y convergencia tecnológica, con los  procesos de crecimiento y planificación urbana, que va resolviendo los problemas que suscita la progresiva complejidad de vivir en grandes ciudades.

Para que una ciudad se gestione como una “ciudad inteligente” se necesita la sinergia entre voluntad política, instituciones académicas que generen conocimientos y productos tecnológicos y científicos suficientes y adecuados al tipo de necesidades que un medio urbano requiere, y la inversión de capitales privados que promuevan los emprendimientos necesarios con la debida transparencia financiera.

Si no se entiende bien que los proyectos implicados en un paradigma denominado ciudad inteligente representa un cambio en el entendimiento de la vida urbana y la convivencia ciudadana, es mejor que no los emprendan. ¿De que nos sirve una red inalámbrica de acceso a la internet, sino viene acompañada de un conjunto de servicios urbanos en línea, aplicaciones móviles, y una ciudadanía digital capacitada?   El capitalismo cognitivo está detrás de este nuevo formato de ciudad, que hace de la innovación tecnológica el medio de proporcionar una mejor calidad de vida en la mayor cantidad de dimensiones posibles. Es la expresión de una revolución digital al servicio de la gestión y el gobierno de la urbe.

Las ciudades inteligentes son ciudades que han digitalizado y automatizado todos los sistemas y procedimientos que se emplean para administrarla y hacerla  funcionar en el contexto de la Sociedad de la información. Ciudades de perfil global como Singapur, Toronto, Ámsterdam, Berlín, Londres, Roma, Barcelona, o Nueva York están transformándose tecnológicamente hablando para un futuro donde  la gestión y la toma de decisiones administrativas y políticas no se podrán hacer sin el análisis de la metadata generada por sus sistemas informáticos. El tráfico vehicular, el consumo energético, la salud pública, el comportamiento en los espacios públicos, son ahora objetos de análisis técnicos y administrativos en base a los millones de datos generados por los usuarios diariamente. Por ello se han vuelto  referentes que están motivando  a varias ciudades de  América Latina como Medellín, Bogotá, Santiago, Lima,  Sao Pablo, en la  construcción de propuestas de ciudades inteligentes adaptadas a sus posibilidades y condiciones particulares.

Quito y Guayaquil, por ejemplo, están empezando a diseñar las ciudades digitales que quieren ser en los próximos años. Como premisa se puede decir que cada ciudad construye su propia estrategia de ciudad inteligente o digital dependiendo de la estrategia que tenga como ciudad, de que ciudad busca construir, que ciudad imagina y desea ser para el futuro próximo.

Las ciudades pueden diseñar y emprender los planes estratégicos que más les convenga para volverse ciudades digitales o inteligentes. Algunas, como en el caso de la ciudad de Medellín eligen primero la educación como su base para este desarrollo, otras en cambio, eligen  la salud, la movilidad como Nueva York, o la seguridad como es el caso de Londres, o la infraestructura energética, como es el caso de la ciudad china de Shanghái.

medellin

Medellín, Colombia. 

En términos generales una ciudad inteligente comprende sistemas digitalizados para:

Gobierno en línea: son servicios en línea que ofrece la ciudad a la ciudadanía.  El  pago de impuestos, consulta de aranceles, tramites generales y específico, citas para consultas en las dependencias públicas, etc. Estos servicios pueden  ofrecerse tanto en portales fijos (Web) o móviles. El impacto de estos servicios en la ciudadanía se mide en una mejora considerable en la optimización del tiempo, la eliminación de intermediarios, y la burocracia del papel. La clave del éxito en este tipo de servicios es un buen portal de contratación pública.

Tele Salud: prestación de servicios en salud por medio de la tele medicina. La tele salud, tele asistencia, el tele diagnóstico. Todos estos servicios usan sistemas informáticos y de telecomunicaciones en línea para asistir a pacientes rurales, o que no pueden trasladarse a los grandes hospitales asentados en los centros urbanos.

Sistemas Inteligentes de Tránsito: implican, por ejemplo, la automatización digital de registro de documentación oficial como matrículas, licencias,  revisados, o infracciones de tránsito. La mejora en estos tramites, se mide en la eficiente  administración de los espacios de los edificios, los turnos, el pago de multas, etc. Pero la verdadera “inteligencia” de los sistemas de tránsito está en el control de tráfico en la ciudad (caso Medellín). Estos sistemas están formados por una gran red de sensores y cámaras que leen el comportamiento del tránsito en las calles de la ciudad que son calculadas por software que deciden, no sólo vigilar el tráfico, sino su control y guía en tiempo real, y para luego ofrecer esa información por varias plataformas a los usuarios.

Seguridad: Londres es la ciudad con más cámaras en sus calles de todo el mundo. Tiene más de mil cámaras en su centro urbano, y en el tema de la seguridad ha creado un sistema de alarmas y de referencias y conexión inmediata a servicios públicos de seguridad como ambulancias, bomberos o policía.  Las cámaras funcionan a partir de un software que interpreta movimientos sospechosos en las calles que alertan de posibles delitos e incluso atentados terroristas, y hace el seguimiento de huidas de criminales para ser interceptados por la policía.

Energía inteligente: sistemas que miden y regulan los flujos de energía eléctrica  para la optimización de los consumos según los contextos ambientales.

Negocios: las ciudades que deciden ser centros de convenciones y negocios internacionales, ofrecen información relevante en sus portales digitales para inversionistas o empresarios que quieren hacer negocios, compras, conocer trámites de exportación e importación, reglamentos de aduanas, o leyes de comercio responsable. Son sistemas que desde un gobierno local pueden ayudar a mejorar emprendimientos, poner en contacto sectores productivos y comerciales con sectores públicos u organizaciones de la sociedad civil. Medellín tiene un portal de emprendimientos como el Plan de negocio en línea (http://goo.gl/N5tjbr), o el Gobierno Ecuatoriano tiene en línea el Banco de ideas (http://goo.gl/NqhLsl).

En parte. Ya la vida digital que llevamos desde comienzos del siglo XXI nos habilita en alguna medida para sobrevivir en los nuevos ecosistemas comunicativos urbanos. Pero la dificultad se halla todavía en las brechas digitales que hay entre la población y las competencias tecnológicas, cognitivas, reflexivas y hasta críticas que se necesitan para desarrollar ciudadanías 2.0,  es decir, ciudadanías que no solo consumen la información disponible, sino que participan en el ciberespacio por medio de la producción de información calificada y comportamientos informáticos responsables.

Para ser ciudadanos no sólo necesitamos tener un registro legal como la cédula de identidad o ciudadanía, sino también unas competencias que nos habilitan para ejercerla, como el uso de la razón, y el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones. Desde un punto de vista cultural, el ciudadano está identificado con la cultura de su ciudad, ha desarrollado unas capacidades para desenvolverse en ella, la conoce porque la recorre diariamente, vive de ella,  la quiere, la trabaja y la disfruta. Todo esto significa que el ejercicio de la  ciudadanía ya implica inteligencia y buenas practicas en la ciudad y en la comunidad urbana.

Las “ciudadanías inteligentes” vienen de la mano de lo que hemos visto de las ciudades inteligentes y se refiere a una “nueva ciudadanía” que emerge de los ecosistemas tecnológicos y sociales donde el conocimiento, las acciones colectivas y las interacciones entre los ciudadanos y los “espacios urbanos inteligentes” se potencian mutuamente aprovechando las posibilidades  que ofrecen los entornos híbridos físico-digital.

Se sostiene que la “smart city” potencia la interacción del ciudadano con los distintos elementos que conforman el ecosistema ciudad – tecnologías – ciudadano, incluyendo los ámbitos culturales y educativos.

Será en este contexto altamente sensibilizado por los usos y las dinámicas tecnológicas que se habla de la Serendipia o capacidad de percibir las oportunidades que ofrecen las redes, de captar los potenciales que emergen de estos ecosistemas comunicativos para encontrar información inesperada, o la oportunidad de realizar un sin número de proyectos, o de visualizar de golpe tareas que se puedan emprender más allá de las viejas fronteras entre trabajo y ocio, o tiempo libre y tiempo productivo.

La Serendipia se potencia en la sociedad red porque aumentan las posibilidades de asociar ideas, proyectos, gente con intereses comunes. Un “sexto sentido” u olfato que nos habilita para tener  una visión de espacios posibles para el aprendizaje colaborativo o el procomún.

Por lo tanto, nunca se está del todo preparado porque las tecnologías evolucionan rápido debido a la innovación constante, siempre habrá un grado de incertidumbre, sin embargo, en estos contextos tan movedizos los ciudadanos ya vienen aprendiendo, un poco anárquicamente, pero esta es la dinámica de los aprendizajes en redes, no se trata de una formación lineal o centralizada. La gente, los ciudadanos, van adaptándose, educándose en las mismas gramáticas reticulares y sincrónicas de la sociedad red.    

Un cambio estructural de esta envergadura debe ser de largo plazo y  escalable. Hasta contar con la infraestructura tecnológica necesaria y los procesos y las políticas que la implementen aseguren una continuidad, concertando sectores y ciudadanías, se puede ayudar hacer de la ciudad, o mejor dicho, de la convivencia ciudadana, una “convivencia digital inteligente” basándonos en el buen uso de las tecnologías de la comunicación móvil, digital e interactiva.

Gran parte de nuestro rol como ciudadanos digitales es generar una “inteligencia colectiva” basada en la circulación de información y saberes valiosos, en la medida en que no sólo por que se produjeron colectivamente, sino porque se consumen colectivamente, para el bien de todos. Esto se puede potenciar gracias a la conectividad existente, el ingenio de miles de usuarios, especialmente juveniles. Ecuador es uno de los países de América Latina que más celulares per capita tiene operando, está  saturado de celulares inteligentes, pero sub utilizados. La mayoría de la gente sigue usándolos como celulares tradicionales, usando aplicaciones para el entretenimiento y la socialidad ligera. No terminan de explotar su potencial y aprovecharlos para otros fines que no sean redes sociales.

La creación por parte de las universidades y de los centros de desarrollo tecnológico de proyectos incubadoras, de estudios e investigaciones en comunicación digital social y urbana, en compañía de pequeñas o medianas empresas que buscan la innovación como valor agregado, pueden ser los actores que impulsen el proceso desde el sector civil, para luego ir empatándose con los procesos impulsados por los gobiernos nacionales o municipales. 

Otro aspecto que no debemos dejar de considerar es que las ciudades inteligentes también son o pueden llegar a ser sociedades de control. La inmensa telaraña comunicativa está regida por algoritmos matemáticos, por códigos que permiten el acceso y filtrado de información, por intereses comerciales de escala global, por poli-centros de poder pro o contra occidentales cuyos intereses políticos no son necesariamente humanitarios, y que pueden sesgar, dirigir,  en un sentido u otro, los comportamientos y las conductas humanas por medio de la manipulación informática o simplemente difundiendo las miríadas de interpretaciones que pululan por la internet.

Estas practicas antagónicas con el ideal, conviven con las expectativas, muchas veces ingenuasdepositadas en la sociedad del conocimiento como nuevo modelo de desarrollo.  No olvidemos, por lo tanto, que la utopía de una democracia digital mas igualitaria e incluyente se está volviendo una distopía problemática y desagradable. Los ataques informáticos entre “naciones hackers” también afectaran a las ciudades cuyo desempeño depende de su flujos informáticos, y en la obligación de protegerlos se pondrán en jaque derechos civiles y humanos,  o lo que es peor, derechos de libertad de expresión y movilidad. Las llamadas ciudades inteligentes son las mismas ciudades donde anida el narcotráfico mundial, las tensiones étnico-político-religioso, los siempre problemáticos flujos migratorios, y las guerras de escalas variables.

Una paradoja perversa propia de estos tiempos, de los tiempos donde el capitalismo cognitivo, a la vez que invita a soñar con sociedades seguras, sustentables e interconectadas, se apropia de nuestras vidas digitales con nuestro “consentimiento informado”, cada vez que obligados a actualizar algún software “vital” decidimos asumir los términos y condiciones, apretando el botón “acepto”. 

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