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¿Pobreza económica o social?


Claudia Patricia Uribe Lotero
Universidad Casa Grande
jueves, octubre 20, 2016
Para hablar de ciudades de pobreza, lo primero es revisar las condiciones que la caracterizan. En la actualidad en nuestras ciudades de pobreza, se han dado cambios sustanciales en las últimas dos o tres décadas.  Hablando concretamente de Guayaquil y de lo que era la pobreza de la ciudad hace 30 años a lo que […]

Para hablar de ciudades de pobreza, lo primero es revisar las condiciones que la caracterizan. En la actualidad en nuestras ciudades de pobreza, se han dado cambios sustanciales en las últimas dos o tres décadas.  Hablando concretamente de Guayaquil y de lo que era la pobreza de la ciudad hace 30 años a lo que es en este momento hay grandes diferencias, no con el afán de para calificarlas de mejores o peores, simplemente existen otras condiciones. Por ejemplo, en un determinado sector hace 20 años la pobreza estaba muy marcada por la carencia de condiciones materiales fundamentalmente, tenía relación con las condiciones de infraestructura general sanitaria, de movilidad, transporte, accesos a bienes y servicios.

Sin embargo, a pesar de que la población tenía indicadores materiales de condiciones de vida bastante deficitarios, había condiciones comunitarias que podían ser menos riesgosas. Las personas estaban menos expuestas a riesgos sociales aún en ese marco. Ahora, en ese mismo lugar donde las condiciones materiales han cambiado sustancialmente, es decir hoy se cuenta con excelentes estructuras sanitarias, mejor condición de las vías, cubrimiento de las redes de movilidad y transporte de muy buena calidad, acceso a servicios de diverso tipo, salud, educación y una importante penetración de tecnología y telecomunicaciones al alcance de la mano y más,  en comparación  con lo que se disponía  hace 20 o 30 años, asimismo las condiciones de riesgo social para la población se han incrementado notoriamente. La violencia en la calle, la exposición de niños y niñas, jóvenes de grupos organizados, a amenazas de diversa naturaleza y la estructura de las familias o de los hogares que se encuentran en ese entorno es muy diferente a lo que había antes. Son aspectos de las ciudades de pobreza contemporáneas que disponen condiciones pobres de otra naturaleza.

Cada vez es notoria  una mayor presencia de hogares donde las mujeres son las cabezas de familia, lo cual configura realidades de atención con los hijos muy diferentes. Cada vez son más frecuentes las familias conformadas por miembros de distinta procedencia: nuevas parejas para los padres y madres con sus los hijos, incorporando nuevos elementos a las relaciones interpersonales y familiares. No necesariamente, son una causa-efecto, sino que muchas veces, son esas mismas incorporaciones fuente de violencia y fricciones al interior y exterior de la familia.

Los mismos cambios en estas estructuras familiares han hecho que la condición de vecindario se modifique sustancialmente. Hace 20 años en varias zonas de Guayaquil, las familias casi asumían como suyos a los hijos de los vecinos, en este momento por las mismas dinámicas de los grupos que habitan las ciudades, la importancia de los otros ha disminuido drásticamente.  A eso se suman las condiciones de violencia e incluso su relación con el narcotráfico y consumo de estupefacientes desde edades muy tempranas. En el Ecuador y concretamente en Guayaquil, se impone una revisión muy profunda respecto a cuáles son los parámetros desde los que se define una ciudad  cuando se habla de condiciones de pobreza o de una ciudad empobrecida.

Desde mi experiencia creo que nos sumamos o nos acogemos al comportamiento en términos generales, de los indicadores de los Objetivos de Milenio, en los cuales se aprecia una reducción importante de pobreza y desde esa óptica muchos aspectos han cambiado sustancialmente. Sin embargo, hay otras condiciones de pobreza que se están manifestando de manera apremiante o tienen que ver con el acceso al trabajo pleno, con la incorporación y el reconocimiento equitativo de las mujeres y de otros grupos por  género y diversas  identidades sexuales, por etnia o raza. Eso configura otras condiciones de convivencia, si se limita estrictamente a una apreciación socio económica de la pobreza, se desconoce todo lo que tiene que ver con las dinámicas sociales de la población que las vive. Por ahí se debería estar pensando a las ciudades, como país y como región de cara al futuro.

Para ello es necesario, en el caso de Guayaquil no estrictamente una cartografía topográfica, sino una cartografía social, educativa, familiar y con algunas categorías que, conjuntamente con la presencia  de los actores de estas dinámicas, se puedan definir. Todo lo que se pueda hacer en torno a pensar las ciudades de otra manera, tiene que incorporar a los actores, sin caer en una lógica  artificial de las participaciones como una idea fija o un lugar común, sino que sea realmente auténtico. Es probable que los problemas que los técnicos pueden entender desde afuera como configurativos de la pobreza, no sean los mismos o sean vistos con la misma dimensión e importancia por quienes los viven.

En esa misma línea de ideas, las vías para que las ciudades puedan superar el empobrecimiento social contemporáneo conducen al trazado de un mejor tejido social, que vincule a las organizaciones que conectan los distintos sectores de la ciudad y que involucran a quienes toman decisiones, a los que intervienen y a los que viven ahí. Una de los aspectos  fundamentales de cara a una sociedad más sólida es ir superando la visión antagónica de ustedes necesitan y yo doy. Es importante revertir esa posición y abrir los espacios para que realmente quienes viven las dificultades puedan trabajar en la superación de ellas. Obviamente, atravesado por un concepto educativo muy sólido, no concepto de capacitación, sino de educación en ciudadanía y por la ciudadanía de una gran fortaleza, que le permita a la gente también hacerse cargo de su vida, de la vida de su comunidad, de su entorno inmediato y tomar decisiones. Al mismo tiempo, eso se revertiría en la configuración de una sociedad políticamente más madura.

En ese marco, los encuentros de Hábitat 3, permiten el intercambio no solamente de experiencias de qué es lo que hago, mostrar  cuáles son mis prácticas o qué es lo que haces, sino precisamente quién está pensando las cosas o cómo tú las estás pensando, o quién más está pensando como tú  no las estás pensando.

Estos espacios deben dejar más allá de esta movilidad humana tan interesante, que permite recuperar la confianza en que hay una humanidad que se piensa conjunta, son precisamente la identificación de esas redes  de tejidos humanos y ponerlas a consideración del escrutinio público, para dar paso a los cuestionamientos.

Cuando las sociedades son capaces de escuchar los cuestionamientos y pensar a partir de ellos, es cuando estos encuentros de gran dinamismo humano nutren las decisiones de quienes participan. En este tipo de encuentros, si puedo pensar en mí, en mi ciudad, en mi colectivo, a partir de los que otros dicen o me interrogan, estoy construyendo condiciones más maduras. Ese es el gran aporte de estos espacios, no solamente para entrar en lo fashion de lo social, como tendencia para habitar el mundo, en lo que está de moda o luce bien,  sino para que esas prácticas que como sociedad se llevan a cabo, sean capaces de ser interrogadas por las prácticas de las otras sociedades. Esos son los vientos que se mueven alrededor  de encuentros de esta naturaleza.

 

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