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¿Por qué hay el prejuicio de que los jóvenes no leen en Ecuador?


Sandra Fabiola Guerrero
Universidad Casa Grande
sábado, diciembre 24, 2016
No es que la gente no lea en Ecuador, lo que pasa es que las librerías se han quedado una generación atrás. El problema no es que no haya quién consuma libros en el país, no hay quién les facilité esos libros porque son demasiado costosos y de difícil acceso. Y si alguien busca, indistintamente, […]

No es que la gente no lea en Ecuador, lo que pasa es que las librerías se han quedado una generación atrás. El problema no es que no haya quién consuma libros en el país, no hay quién les facilité esos libros porque son demasiado costosos y de difícil acceso. Y si alguien busca, indistintamente, una literatura diferente a la de los grandes best sellers, por ejemplo, no puede porque las librerías tradicionales tampoco ponen en perchas esas ofertas, porque hay la idea de que no se vende.

Una de las grandes fallas en el mundo editorial moderno, desde mi particular punto de vista, es que todavía persiste la idea de que el conocimiento hay que venderlo, las letras hay que venderlas y eso es un negocio y no un derecho de los consumidores. Esa es la idea transmitida también a los autores o escritores.

De ahí que yo, por ejemplo, entre pelearme con una editorial porque algún día me publique un texto o hacer un blog, prefiero hacer un blog. Y sé que me leen y me descargan y Google me reporta a diario todos lo que me leen y de qué país me leen. Y aunque eso, como autora, no me da réditos económicos finalmente eso llega a hacer parte de mi currículum y me abre nuevas puertas para dar conferencias y talleres.

Entonces, creo que en el mundo de las librerías actuales hay una visión diferente de cómo comercializar o distribuir la lectura, porque no es que las librerías en el país cierren porque no hay la cultura de la lectura. Ese es un prejuicio que siempre ha existido. La generación anterior a la mía decía que mi generación era un desastre porque no leía y la mía dice lo mismo de la siguiente.

Es la tara generacional de creer siempre que la siguiente está mal, como que la generación a la que uno pertenece es perfecta, pero hoy los chicos consumen muchísima literatura y no necesariamente de la palabra escrita, son solo otras narrativas que, sin embargo, no dejan de ser literatura.

Hay en el mundo actual el prejuicio de referirse a los jóvenes como gente sin una cultura para la lectura. Pero habría que preguntar a quienes cargan con ese prejuicio por qué lo tienen. ¿Qué están haciendo para cambiar eso, además de quejarse? Si una persona quiere que su hijo adopte una cultura de la lectura lo mínimo que se esperaría es que esa persona lea; si un profesor de literatura pretende que sus alumnos lean y ellos no lo ven leyendo o hablando de lo que está leyendo, por qué les exige algo que él no hace.

Si alguien es maestro de literatura y pide a sus alumnos que lean sobre romanticismo por qué recurrir siempre a María. Porque finalmente cuando uno se refiere a la literatura sigue hablando de lo mismo: la vida, la muerte, el amor, el engaño, la esperanza…

Somos un mundo de comunicación, estamos impregnados de tecnología, de información, de ahí que haya que trabajar sobre el criterio para escoger la fuente, muchos más criterios para seleccionar el mejor producto. Porque ahora tan válido es escribir un texto como el subir una foto a Instagram, esa foto llega a ser un texto y ese texto está siendo codificado y decodificado.

Hubo mucha polémica, por ejemplo, por el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, pero a él no lo premian por ser músico, lo premian por ser autor de la lírica de sus canciones; a él lo premian por hacer literatura. El premio no es al músico Bob Dylan, el premio es a quien hace literatura, el poeta Bob Dylan, porque la letra de una canción, así sea de perreo, guste o no, es lírica, está en verso, es una composición que corresponde al género de la poesía.

El mundo de las letras no ha cambiado, los medios y las narrativas son las que han cambiado, pero un buen escritor o un mal escritor es bueno o malo por las mismas consideraciones de siempre.

La tecnología de hoy ha permitido abaratar los costos para facilitar más la lectura. La Internet ha facilitado el acceso a los libros. Cuántas veces alguien no ha necesitado textos que solo estaban disponibles en Argentina, por ejemplo. Esa persona tenía que pagar por el libro y además el courier. Ahora simplemente lo puede comprar por Internet con una tarjeta de crédito y descargarlo en su casa.

Claro que a quienes nos gusta la literatura todavía disfrutamos el placer de tocar el texto. Eso es algo que puede sonar ridículo, pero entre los amantes de la literatura existe la necesidad de manipular el libro nuevo. Es decir, compramos literatura y todo el resto que tenemos que leer sea por estudios o por trabajo, lo descargamos y lo leemos electrónicamente. El placer de la literatura va todavía muy atado al placer del libro físico. Y cuando uno cierra la última página comienza a extrañar el libro.

Es difícil todavía cambiar el placer de leer un libro en el papel, es difícil leer literatura de manera electrónica, pero creo que este placer culposo no tiene mucho tiempo de vida; sobrevivirá a lo mucho unos diez años más, y esto por una cuestión de conciencia ecológica.

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