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¿Por qué sorprende el triunfo de Donald Trump?


Héctor Chiriboga
Universidad Católica de Santiago de Guayaquil
martes, diciembre 27, 2016
Del triunfo de Donald Trump se puede decir que ha sorprendido a mucha gente que encuentra imposible que un personaje de tal naturaleza haya ganado las elecciones en un país como EEUU, que se precia de tener instituciones sólidas. Sin embargo, más allá de la sorpresa, que algunos califican como exagerada, lo que llama más […]

Del triunfo de Donald Trump se puede decir que ha sorprendido a mucha gente que encuentra imposible que un personaje de tal naturaleza haya ganado las elecciones en un país como EEUU, que se precia de tener instituciones sólidas. Sin embargo, más allá de la sorpresa, que algunos califican como exagerada, lo que llama más la atención es la naturaleza del triunfo de candidato “republicano”, que muchos analistas asocian a la expresión post-verdad, que se explica más o menos así: en el ámbito de lo político, en el ámbito de la vida pública los políticos recurren cada vez más abiertamente a la mentira, sin inmutarse ni asumir las consecuencias cuando son descubiertos en ella, continuando con sus carreras políticas.  Y no lo asumen porque, del lado del público tampoco hay un interés por confrontar los dichos con los hechos. Es decir, hay una parte del público que es capaz de notar, de percibir, de saber que el político está mintiendo, pero así lo apoyan en la medida en que ese sujeto representa sus intereses. Lo que importa es ganar. Entonces, Donald Trump representa eso.

También evidencia un cierto hartazgo dentro de la sociedad norteamericana en torno a lo políticamente correcto, esto es, el rechazo de una parte del electorado a la imposición de un estilo de vida que, so pretexto de la ampliación de los derechos de las minorías o de los grupos discriminados, buscan construir una opinión pública -y en parte lo han logrado- que considera que el mundo debe ser construido a imagen y semejanza de sus deseos, esto es, que el mundo no sea racista, que no exista lo que ellos consideran sexismo, que no haya xenofobia, que los nacionalismos no existan, que todo el mundo viva la paz. Sin embargo, la construcción de esta utopía ha traído consigo la desvalorización de lo que a muchos les ha parecido -durante un bien tiempo- lo que significa ser hombre y mujer, lo que significa ser norteamericano. Resulta que auto identificarse como blanco en EEUU, puede ser visto como una muestra de racismo y ser tratada en consecuencia, lo que se vuelve intolerable para muchos de los nacidos en ese país. Trump es de los que piensa así y no son pocos los que piensan como él.

Hay -sin embargo- otro factor que es el elemento de clase. Trump en parte de sus discursos se ha referido al problema de la clase obrera norteamericana, golpeada durante más de 20 años por los acuerdos de libre comercio que permitieron que empresarios y dueños de corporaciones muden la manufactura a países donde los salarios eran más bajos perjudicando así a los trabajadores norteamericanos. Son esos trabajadores quienes han votado por una propuesta que tachaba al sistema político norteamericano, sea demócrata o republicano, porque sentían que ese sistema los ha abandonado.

Además, es imposible no darse cuenta del papel de los medios de comunicación con el triunfo de Trump, pues los medios son normalmente los depositarios de todas las confianzas y de todos los odios por parte de los actores en la sociedad y los actores políticos. Más allá de ver conspiraciones entre  poder mediático, el corporativo y el financiero, como lo observa Ignacio Ramonet, los medios norteamericanos tienen unas redacciones que no son plurales. Son redacciones que, de acuerdo a analistas, han sido formadas por sujetos que normalmente provienen de las clases medias ilustradas, que se sienten progresistas, que se consideran así mismos –entre otras cosas-  como feministas, antirracistas, liberales; pero que en los hechos -dada su condición social- no saben cómo abordar el tema de la diferencia social y cultural dentro de los Estados Unidos. Por eso se sorprenden del triunfo de una propuesta que no se adecúa a su visión del mundo, porque en su mundo de crónicas son pobres, de reportajes mal hechos el otro, el obrero blanco o el blanco pobre -que está inconforme con el sistema- no existe como sujeto político sino como objeto de caridad o conmiseración.

El triunfo de Trump nos lleva a una reflexión más. En general esperamos de los sujetos con mayor educación formal y pertenecientes a las partes más modernas de las sociedades, comportamientos políticos más abiertos, en el sentido de -por ejemplo- integrar a los otros, a los “extraños”. Por ello, es casi automática la acusación de ignorancia, a aquellos que no comulgan con el ideario moderno, urbano, progresista. Sin embargo, no podemos desconocer que, como seres humanos, tenemos una relación íntima con la agresividad que, por la mediación de la cultura, acotamos -más no eliminamos- re direccionándola hacia el otro, al que transferimos todos los problemas de los que no podemos hacernos cargo, responsabilizándolo de lo que no funciona en nuestra propia sociedad. En función de eso aparece Donald Trump, que es solamente un sujeto, como tantos otros líderes mundiales que se permiten esa expresión, esos discursos y acciones desaforados. Y al mismo tiempo, permiten un des aforamiento de odio, rompiendo con una cierta ficción política que el liberalismo sostiene: que todos somos iguales ante la ley, todos tenemos los mismos derechos… ficción que no por serlo, deja de ser necesaria, que debe ser cada vez revisada para ser mejorada y para mantenernos como una cierta sociedad sin que un grupo predomine sobre otro buscando exterminarlo. Trump rompe eso y lo empieza a hacer en el discurso.

Aparentemente después de ganar las elecciones hay un cierto retroceso discursivo, un desmarcarse de las expresiones más nefastas de lo que él mismo ha abierto. En un plano social, más general, en los sectores medios progresistas, hay una presión social a ser de una determinada manera y en ese sentido se guardan ciertas composturas, aunque en los hechos -en privado- se pueda actuar de otra forma. En los sectores menos educados, esa compostura no tiene por qué mostrarse, expresándose abiertamente el racismo o lo que ha sido denominado sexismo. Ahí, no media tanto el discurso racional progresista al que se está acostumbrado. La verdad empieza a importar cuando hay otro que se deja confrontar por un discurso y está abierto y receptivo a que el discurso del otro lo adapte. Pero el hecho de que se esté abiertamente tergiversando estas cosas  no importa, lo que importa es el deseo de que el propio goce sea el principal y que el goce del otro sea aniquilado.

Lo que dice Trump, configura hechos, pues los discursos no son solo palabras, sino que sirven de guía para organizar acciones, que la gente adopta no en función de un interés general, de un “bien común”, sino en función de lo que le atañe directamente.

Trump, empezará a gobernar de la forma mediática que se ha vuelto moneda común en los sistemas políticos los últimos años. Causará revuelo, dividirá a la opinión, pero habrá que ver las capacidades de movilización de la sociedad norteamericana, en este momento en el que el poder de los gobernantes -no solo Trump- es mayor y la potencia de los ciudadanos menor, de tal suerte que los primeros sienten que pueden hacer lo que quieran. Y también el peso de las instituciones de tal manera que se pueda canalizar el conflicto de la gente ante los brotes de racismo y xenofobia.

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