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Las redes sociales están armadas a partir de algoritmos sobre los que no reflexionamos


Tina Zerega
Universidad Casa Grande
domingo, junio 4, 2017
El tema del suicidio entre los jóvenes debe ser conversado y analizado y no ser tratado como un tabú ni en las familias ni en las escuelas. Es lógico concentrarse en estos casos que movilizan a los medios, pero más allá hay un fenómeno muy amplio, relacionado con la tecnología, las redes sociales, el nihilismo, el desencanto juvenil.

El tema del juego de la Ballena Azul es una leyenda rusa que se ha extendido en las redes sociales y que ha acaparado la atención de los medios por relacionarse con el suicidio de los jóvenes.

El fenómeno de la Ballena Azul es alarmista, pero a la vez complejo. Siempre hay un escándalo de consumo mediático relacionado con las plataformas digitales. Pero no es solo “la Ballena Azul”, han existido otros escándalos relacionados a videojuegos violentos, que se colocan como causa de actos violentos juveniles. No hay que analizar los fenómenos mediáticos como una relación causa-efecto. Es peligroso el razonamiento de que el videojuego pueda llevar a matar a alguien o al suicidio de alguien. El fenómeno comunicativo es muy complejo, en él intervienen variables culturales, subjetivas y el mismo concepto de la mediación. Los medios no están aislados y el fenómeno comunicativo no puede analizarse en términos de causa-efecto. Es importante entender eso sin caer en simplismos, porque creer que un juego puede llevar al suicidio de alguien es como suponer que basta con poner mensajes positivos y buenos en los medios digitales o redes sociales para que la gente se comporte bien. El ser humano no es nada sencillo y tiene varias dimensiones. Además que le da la tecnología como la responsable de las acciones violentas, cuando la violencia es constitutiva de la civilización, de los sujetos.

Los planteamientos relacionados a la prohibición de las tecnologías, los consumos mediáticos, en esta época no son más que ingenuos y a la vez imposibles. La tecnología es parte de la cotidianidad de las personas, es casi imposible pensar al ser humano sin el teléfono celular, sin la laptop, hay que pensar de otra manera. A medida que avanza el tiempo adquiere mayor importancia. Las redes sociales, actualmente, son usadas para educarse, buscar pareja, contactar a alguien y hasta para armar grupos familiares. Google ha desplazado al libro y al adulto cuando un chico busca información. Esto es parte de la alfabetización digital porque las redes hoy en día ayudan a educar, están vinculadas con la pedagogía. Los adolescentes las usan tanto para conversar como para estudiar. La tecnología no tiene exclusivamente una dimensión.

Ahora mismo hay docentes que encuentran muchos de sus recursos educativos en Facebook, no en otro lugar, y esa información es compartida con otros docentes.La percepción sobre la tecnología ha cambiado. Hay colegios que la utilizan y la ven como parte de la transformación de la educación; incluso en Ecuador, un país con altas brechas digitales, las universidades están obligadas a tener plataformas digitales.La tecnología ahora permite muchas cosas, como estar en otros lugares sin salir de la casa. Los chicos que no aprenden en clase lo hacen en los tutoriales de Youtube. Es un currículo flexible que no tiene nada que ver con grados académicos.

La Ballena Azul no es el problema, en realidad, la situación es bastante más compleja. En muchos casos los adultos de la familia, de la escuela, se han alejado de las tecnologías o de ciertos mundos juveniles, porque no los entienden. Las estrategias y mediaciones son importantes para afrontar una problemática así, porque la tecnología llegó para quedarse y querer alejar a los chicos de ella sería absurdo, pero deben buscarse formas de desarrollar pensamiento crítico alrededor de los medios, y no existe una receta fija.

“Acercarse” no significa “saber manejar” a la perfección un programa , una red o una plataforma, ese no es el punto: el punto es mediar, es decir, colocarse “en medio” entre los jóvenes y la tecnología y eso se puede hacer con palabras, preguntas, reflexiones sobre lo que se publica, lo que no, lo que se consume.

En los documentos de la Unesco, por ejemplo, hay una serie de reflexiones desde el punto de vista de la alfabetización digital: ¿hay que permitir el acceso a la tecnología a los niños o hay que hacerlo a partir de cierta edad? Es decir, existen investigaciones que por lo menos reflexionan en términos de las edades y del uso de la tecnología, porque no hay una sola forma de hacerlo ni para las instituciones educativas, ni para las familias. Lo que el adulto hace generalmente es alejarse de la tecnología, de las redes sociales porque le pueden resultar incomprensibles, por la brecha generacional y digital. Los adultos estamos en la obligación de acercarnos a las plataformas digitales en las que se mueven sus hijos. No pueden caer en el error de desentenderse del problema.

“Acercarse” no significa “saber manejar” a la perfección un programa , una red o una plataforma, ese no es el punto: el punto es mediar, es decir, colocarse “en medio” entre los jóvenes y la tecnología y eso se puede hacer con palabras, preguntas, reflexiones sobre lo que se publica, lo que no, lo que se consume. Los padres y docentes pueden convertirse en mediadores entre los chicos y la tecnología; es decir, permitir al niño o al adolescente tener cuentas en las redes sociales de su preferencia, pero con supervisión para ver lo que pública o qué publican otras personas ahí. Y procesos reflexivos sobre qué es lo que sube y para qué. Qué efectos puede tener lo que se sube, qué dice de ti o de otros. Preguntarle qué quiere hacer con una cuenta, ponerlo a pensar en eso. Reflexionar sobre el archivo, las huellas digitales, sobre si puede libremente tomar imágenes de otros. Pueden existir grados de acceso a las redes en función de la edad también.

La educación tradicional se ocupa mucho del texto escrito, lo que no está mal, pero no está pensando en el mundo digital o en los textos digitales. Las escuelas deben ingresar otras ideas al debate, al análisis y hay espacio para hacerlo.

Hay series que permiten abrir debates. Trece razones, por ejemplo, que es un boom entre muchos adolescentes de colegios privados, es una serie para adolescentes que trata sobre las redes y un suicidio por razones de violencia sexual. A los niños y adolescentes hay que hablarles de temas trascendentales de la vida, debe ser parte de la educación. En este mundo contemporáneo es ineludible incorporar temas como el suicidio juvenil, las fotos sexuales en las redes, la violencia de género. (…) Estos debates deben ser abordados en familias e instituciones al igual que una serie de cosas que los padres y las escuelas creen que no deben ser tratados. La educación tradicional se ocupa mucho del texto escrito, lo que no está mal, pero no está pensando en el mundo digital o en los textos digitales. Las escuelas deben ingresar otras ideas al debate, al análisis y hay espacio para hacerlo.

Hoy en día existe poco criterio en los usuarios sobre el contenido que publican en las redes y para qué. Y no solo en los jóvenes. También existe poca conciencia del tema de redes. Sin darse cuenta de que son plataformas que funcionan a partir de unos algoritmos, algoritmos van armando un mundo de burbujas donde el usuario cree que hay diversidad, pero solo hay la verdad lógica del algoritmo, que es casi un espejo de los mismos humanos.

La Ballena Azul es un fenómeno excepcional, en términos del impacto que provoca, pero el acto de suicidio parte de una lógica compleja y particular. La idea de pensar a los medios digitales como provocadores de violencia es una imagen cada vez más cuestionada, porque la gente no se suicida por un juego en redes sociales; los sujetos tienen unas historias, unos tipos de personalidad, una posición en relación al mundo, donde el juego funciona como un repertorio podríamos decir.

Los adultos, en cierta forma, han sido desautorizados en la dinámica de ser padres o maestros. Las escuelas y liceos deben aprender a incorporar nuevas dinámicas en las aulas y saber cómo pensar críticamente esas dinámicas. La idea de dejar de lado la reflexión sobre la tecnología solo porque se han exacerbado temas como el de la Ballena Azul es poco adecuado considerando el contexto tecnológico que vivimos.

La Ballena Azul es un fenómeno excepcional, en términos del impacto que provoca, pero el acto de suicidio parte de una lógica compleja y particular. La idea de pensar a los medios digitales como provocadores de violencia es una imagen cada vez más cuestionada, porque la gente no se suicida por un juego en redes sociales; los sujetos tienen unas historias, unos tipos de personalidad, una posición en relación al mundo, donde el juego funciona como un repertorio podríamos decir. Pensar que porque eliminó el juego de la Ballena Azul va a desaparecer el problema del suicidio juvenil es muy simplista. Solo no hay que entrar en pánico. Una reflexión sobre el tema del suicidio juvenil no pasa solo por la tecnología. ¿Qué está pasando en el estado de bienestar donde se supone todo es maravilloso?, ¿por qué la gente todo el tiempo está triste? ¿ cómo se relaciona eso a la consolidación de un tipo de capitalismo que exige el éxito continuo, la felicidad continua, en el que trabajamos hasta el cansancio?

El tema del suicidio entre los jóvenes debe ser conversado y analizado y no ser tratado como un tabú ni en las familias ni en las escuelas. Es lógico concentrarse en estos casos que movilizan a los medios, pero más allá hay un fenómeno muy amplio, relacionado con la tecnología, las redes sociales, el nihilismo, el desencanto juvenil. Porque independientemente del juego, hay un brote de violencia entre jóvenes matándose y matando a otros en ciertos contextos, en colegios y universidades, en el tráfico de drogas, y eso va más allá de un juego en redes sociales. Si existe el deseo de morir, los medios pueden darme repertorios para elegir una forma de morir. En este caso en un juego. Hay que leer detrás de esto, de jugar a morir.

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