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Antes el quiteño era más vocinglero, dicharachero, bromista…

Carlos Freile
Universidad San Francisco de Quito
martes, diciembre 5, 2017
Hasta la década de 1930 los quiteños no jugaban “40”, considerado con desprecio un juego de chagras, ahora creen que es “quiteñísimo”; de igual manera no tomaban “canelazo”, pues era bebida de chagras.

Hace mucho Quito dejó de ser la ciudad franciscana que evocan las canciones que celebran su encanto. El crecimiento urbano, las migraciones y la globalización han cambiado las costumbres de su gente. Al conmemorarse 483 años de su fundación española, La Conversación intenta saber cómo ha cambiado la identidad del quiteño, con las transformaciones que ha tenido la ciudad, su crecimiento, las migraciones, la globalización.

El catedrático de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ), Carlos Freile, realiza una somera descripción del quiteño actual.

¿Cómo ha mutado la identidad del quiteño en más de medio siglo de vigencia de las Fiestas?

Considero que el quiteño era antes más vocinglero, pagado de sí mismo, dicharachero, bromista, pero un poco pesado en su afán de mantener la fama de “la sal quiteña”. Mantenía un singular desprecio por los chagras y una enemistad permanente con los monos. Era “farfullas”, le gustaba aparentar lo que no era. No se distinguía por las buenas maneras. Para ganarse la vida su anhelo era lograr un “puestito” en la burocracia estatal o municipal, por medio de la infaltable “palanca”.

Hoy en día lo veo más hosco, agresivo, mucho más maleducado que antes, malhablado. Ha sufrido el impacto del desarrollo inorgánico del país y de la ciudad. Ansía enriquecerse pronto, sin tener en cuenta los métodos (pero esto es ahora un mal nacional); ha mejorado en el emprendimiento, tiene mayor iniciativa para los negocios, aunque no siempre juega limpio (mal nacional, también). Considero que ha perdido muchos valores, se ha descompuesto.

Se debe señalar que en estas mutaciones ha tenido un fundamental protagonismo el petróleo, vale decir, el aumento de plazas de trabajo y del monto de los sueldos, así como de la oportunidad de hacer negocios con el Estado.

Quito es una ciudad de migraciones, ¿cómo ha influido ese fenómeno en la identidad del quiteño actual?

El quiteño actual, en gran parte hijo o nieto de chagras, ha recibido el influjo de estas migraciones internas. Recordemos que la primera asociación de provincianos residentes en Quito se fundó ya en 1906 (la de riobambeños). Desde antes del inicio de las Fiestas ya se habían introducido algunos elementos que después se han convertido en elementos indispensables; dos casos paradigmáticos: hasta la década de 1930 los quiteños no jugaban “40”, considerado con desprecio un juego de chagras, ahora creen que es “quiteñísimo”; de igual manera no tomaban “canelazo”, bebida de chagras, aquí bebían “chingueros” sobre todo anisados. Además se tomaba poco whisky (y casi solo de la marca “Caballo Blanco”, como se decía), el petróleo cambió los gustos de las bebidas. Esto tiene que ver con la identidad porque al haber nuevos ricos, estos despreciaban su origen, el tipo de bebida daba estatus (alguna vez escuché a un ingeniero, hijo de artesano, quejarse de que no le brindaran whisky: “Era de que avisen para venir con overol”).

Las migraciones de extranjeros, no muy numerosas, trajeron mayor preocupación por el arte, la música, la literatura actual, sobre todo en las clases medias y altas.

¿Todavía existen quiteños, como el personaje descrito en la novela de Jorge Icaza, El Chulla Romero y Flores?  

Pienso que el personaje de Icaza es un poco falso, producto de la ideología de Icaza y de su propia experiencia. El “chulla” no tiene que ver con el mestizaje de primera o segunda generación: es un estilo de vida que, más allá de la ficción romántica, se daba en todos los estratos sociales, pero sobre todo en los mediobajos, muchos de sus representantes no tenían ningún interés en pasar por nobles ni se resentían de su origen humilde, el chulla trataba de vivir al día, de ganarse el favor de una muchacha, sin complicarse después con obligaciones, lograba tener un almuerzo gratis en el traspatio o en el zaguán de las casas grandes; los de clase más adinerada hacían lo mismo pero a otro nivel: viajar por toda Europa alojándose gratis en las residencias de los diplomáticos ecuatorianos, por ejemplo. La sociedad ecuatoriana, y quiteña, ha cambiado demasiado para que el tipo del chulla, propio de ciudad pequeña, en la cual todos se conocen, pueda perdurar; alguno habrá, porque pícaros nunca faltarán, pero lo serán de pose, de teatro, no “de nación” como se decía.

Todo lo dicho, sin ánimo de ofender ni de sentar cátedra.

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