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Una ola azul y blanco


Juan Tibanlombo
La Conversación EC
viernes, julio 13, 2018
La marchas comenzaron con una protesta contra las reformas a la seguridad social, pero solo fue una mecha que encendió el descontento acumulado de años de escuchar sermones en cadenas nacionales, de soportar arbitrariedades y un mecanismo de control de la sociedad civil insoportable

Torturas, asesinatos a cargo de francotiradores, persecuciones, emboscadas (….), un ambiente de pánico es lo que ha creado Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo en Nicaragua. Es su única apuesta para mantenerse en el poder. A sangre y fuego. Los años de combate contra la dictadura de Anastasio Somoza han quedado atrás. Ortega y su esposa se han convertido en la peor versión de Somoza, según el escritor nicaragüense Sergio Ramírez.

Pero el pánico creado con fuerzas paramilitares no les alcanza. Los nicaragüenses volvieron a las calles en honor a sus muertos, en honor a sus deseos de libertad. Es una jornada de protestas de tres días para exigir justicia, democracia y elecciones anticipadas con un paro nacional que comienza este viernes y caravanas multitudinarias en varios departamentos cobijadas bajo la bandera azul y blanco, símbolo de las protestas.

Las protestas son encabezadas por una manta con los rostros de las víctimas del régimen de terror impuesto por Ortega y su esposa, dos personajes que han intentado gobernar desde un púlpito macabro porque se creen destinados al poder eterno, a un poder que se hereda y no se traspasa en procesos democráticos.

La marchas comenzaron con una protesta contra las reformas a la seguridad social, pero solo fue una mecha que encendió el descontento acumulado de años de escuchar sermones en cadenas nacionales, de soportar arbitrariedades y un mecanismo de control de la sociedad civil insoportable.

Las protestas ahora solo buscan la salida del gobierno de Ortega y su esposa, la llamada a ser su sucesora. Ortega es visto como un asesino, como el espejo de Somoza, como la persona que ordenó una brutal represión en la marcha del Día de las Madres con un saldo de 18 muertos, de los más de 300 que se suman en toda la jornada de protestas.

Que se vaya, es el grito generalizado de las protestas en Nicaragua, donde el Frente Sandinista de Liberación Nacional se ha convertido en un Frente de Opresión. Son 86 días de una crisis generalizada, con una frágil economía que amenaza con desmoronarse, sobre todo desde que los petrodólares del chavismo usados antes para sostener esas seudodemocracias se agotaron, porque ahora apenas alcanzan para sostener a otro dictador como Nicolás Maduro.

Nicaragua vive un ambiente de rebelión, de hastío, de cansancio. Es una ola azul y blanco que recorre cientos y cientos de kilómetros para retar el poder de las fuerzas de choque, porque es lo único que le queda a Daniel Ortega y su esposa. La legitimidad la fueron perdiendo en el camino. Ya nadie organiza foros urgentes de una desprestigiada Unasur y menos de una Alba ahora inexistente.

Ortega va enfrentándose cada vez más solo, cobijado en la fuerza de la represión, al vacío y sobre todo a su destino de convertirse en una caricatura de lo que; a pasar de ser la esperanza de ese país centroamericano en su tragedia, en su peor pesadilla, más perversa que la de Somoza, porque llegó al poder con la promesa de libertad e intenta quedarse con la promesa de sangre y fuego. Con sus manos manchadas de la sangre de a quienes alguna vez prometió liberar.

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