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Gobiernos municipales: el acuerdo debe trascender al candidato


Alfredo Negrete Talenti
Universidad Ecotec
lunes, agosto 20, 2018
Los sucesos políticos y los procesos electorales en el Ecuador se han mezclado de tal manera en los últimos tiempos que da la impresión de que somos un país de transición en transición; no terminamos un acontecimiento político, por ejemplo,  la posesión de un nuevo gobierno, y ya estamos abocados a otro proceso electoral con […]

Los sucesos políticos y los procesos electorales en el Ecuador se han mezclado de tal manera en los últimos tiempos que da la impresión de que somos un país de transición en transición; no terminamos un acontecimiento político, por ejemplo,  la posesión de un nuevo gobierno, y ya estamos abocados a otro proceso electoral con la consulta; inmediatamente ya estamos en el siguiente con las elecciones seccionales.

Un país con esos ritmos tiende a ser más bien inestable. Las seccionales del 2019,  un proceso común y corriente, en este momento se vuelve fundamental para ciudades como Quito o Guayaquil porque  a través de ellas se empieza a vislumbrar las estrategias, las programaciones y hasta las candidaturas de la elección presidencial. A un país que se mueve a ese ritmo no le va a ir bien.

Quito y Guayaquil son dos ciudades completamente centralistas, que en el tiempo no han tenido  la oportunidad de establecer departamentos o distritos  -no electorales-  sino funcionales en la vida diaria. La labor de un  alcalde y de un concejo general debería ser complementado  con estructuras regionales más pequeñas donde la relación entre el pueblo que elige y el funcionario que ejerce sea más íntima. En un proceso eleccionario local, los electores votan por una persona a la que no vuelven a ver nunca más. Es una malversación de lo que significa una democracia representativa.

Ahora bien, el año que entra Ecuador deberá elegir alcaldes. ¿Cuál es el perfil de ese funcionario? El único que se puede pedir en el país en estos momentos: mayor de edad, ecuatoriano y honesto. Cuando uno busca un todólogo es el comienzo de los grandes problemas.

Las formaciones políticas entre Quito y Guayaquil, por ejemplo, son completamente distintas: mientras la primera tiende a unas estructuras más organizadas, relacionadas con la vida de movimientos y partidos políticos, en Guayaquil la voz del caudillo es la que pesa fundamentalmente. Es fácil de comprobarlo: basta con revisar  la lista de alcaldes populistas que han tenido ambas ciudades.

Llegará el momento en que en Ecuador no se piense en figuras sino en acuerdos. Mientras no se los tenga va a ser difícil que se cuenten los resultados. Las ciudades crecieron,  el país evolucionó y son necesarios grandes acuerdos; en ese sentido, la que más acuerdos necesita es Quito.

Lo importante es que la estructura de los acuerdos sea sólida, perdurable y pública; las grandes concertaciones se producen entre personas completamente adversarias; basta pensar en el ejemplo de Chile: después de la gravísima y dolorosa experiencia de Pinochet los demócrata-cristianos y los socialistas comprendieron que el camino era llegar a acuerdos y, siendo ideológicamente tan diferentes, han tenido cuatro gobiernos seguidos juntos.

Si los gobiernos nacionales pueden hacer eso, los gobiernos municipales podrían basarse en coaliciones firmes, públicas, no pactos de la regalada gana o de medianoche. Una vez que exista un contenido y se manifieste un compromiso, más si las partes han tenido que resignar posiciones públicas para llegar a acuerdos con el otro, se logrará una buena base. El acuerdo entre diferentes es perdurable, el acuerdo entre los mismos es un festival de familia.

Si en la coyuntura actual, las ciudades no ven en sus candidatos un acuerdo entre diferentes, ya  pueden prever los resultados: un futuro exactamente igual o más deteriorado que el presente, y especialmente pienso en Quito. No se trata de un acuerdo electoral, sino de un gobierno con tres, cuatro, cinco puntos con los que nos comprometamos públicamente, priorizando la ciudad.

La costumbre, la cultura y la tradición política de Guayaquil es completamente distinta y se remonta a Carlos Guevara Moreno y al propio velasquismo: un gran líder con una gran convocatoria sin oposición suficientemente fuerte que lo dispute.

El inmediatismo y el triunfalismo están problematizando todo. El esfuerzo ciudadano, en lugar de dirigirse a los proyectos y a los planes, está ocupado en descubrir cuál es el candidato con mayores posibilidades o la alianza más poderosa. El debate se centra en meros cálculos electorales.

Es importante que los jóvenes que entran en la vida política, entiendan la historia política contemporánea del Ecuador desde el plan de retorno a la democracia hasta nuestros días. Ya pasó la época de los iluminados, debemos en el Ecuador tener grupos y movimientos de otra envergadura.

 

 

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