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Juan Tibanlombo
La Conversación EC
jueves, enero 24, 2019
Ochoa, con el juicio por el que la justicia pidió a la Interpol la difusión roja para su captura, demostró que podía burlarse hasta del andamiaje de propaganda creado por el correísmo

La historia de la Supercom quedará para los anales de la infamia. Fue la mordaza que utilizó a su antojo el expresidente Rafael Correa para intentar mantener la imagen de un gobierno de manos limpias. Así toda denuncia de corrupción fue convertida en producto de la mala fe o de la envidia ante el mejor gobierno del mundo, del universo y de las galaxias que todavía no se descubrían.

La Supercom se usó para silenciar, para acanallar, para cambiar biografías, para que personajes que a duras penas podrían articular un párrafo coherente intentaran dar cátedra de periodismo. El golpe maestro no fue solo incorporar a última hora, en la mal llamada ley de comunicación, una superintendencia bastarda para controlar a los medios, para perseguir a los medios acostumbrados a no inclinarse al poder de turno, porque su oficio así lo reclama.

El correísmo necesitaba de las superintendencias, eran la razón de su existencia, porque tenía y tiene alma de capataz, de ahí que no resulta extraña la campaña del partido de Iván Espinel, enjuiciado por corrupción: el prefecto de Correa, el alcalde de Correa; todo de Correa nada para sus poco simpatizantes o adherentes ni siquiera para quien le cedió el partido. Superintendencias, el lado ególatra de las intendencias.

Y el expresidente no pudo encontrar un mejor superintendente que Carlos Ochoa, porque fue hecho a imagen y semejanza de todo lo que representaba el correísmo: el cinismo, la mentira, el engaño, los aires de Narciso perdido en la contemplación de su imagen, una imagen deforme, muy similar a la del retrato de Dorian Gray escondido en un sótano cualquiera.

Ochoa y sus aires de superioridad, sin saber apenas leer y escribir, es el mayor legado del correísmo. Ochoa y sus aires de superioridad retratan de cuerpo entero una década llena de historias de infamia y traiciones. Ochoa y su ejército de burócratas dedicados a espiar las 24 horas en todas las provincias del país quién escribía o hablaba mal del gobierno que se creía dechado de virtudes, aunque se sentía putrefacto por dentro.

No solo insultó, calumnió, inventó historias cuando estaba al frente de los canales incautados sino, tal vez lo que más indigna, es que creía poder dar clases de periodismo. No solo indigna, sino repugna. Y no solo era ese personaje, sino todos lo que le rodeaban, quienes hicieron la Ley de Comuicación e hicieron su agosto con asesorías e informes que caían en el ridículo, informes con citas de Wikipedia, porque hasta ahí llegaba su conocimiento. Dados de intelectuales de cafetín citando a Marx de la mano de Rius y El Capital en 100 palabras, porque ni para intelectuales de cafetín calificaban.

Ochoa, con el juicio por el que la justicia pidió a la Interpol la difusión roja para su captura, demostró que podía burlarse hasta del andamiaje de propaganda creado por el correísmo para incluir en su Ley de Comunicación bastarda artículos propios para perseguir y sancionar a quien osaba denunciar algún acto de corrupción o reírse del rey desnudo. Porque el humor siempre es prohibido en tiempos de dictadura. Lo único aceptado era la misoginia y los infames chistes machistas que Ochoa calificaba como informes a la Nación.

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