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Mujeres, sin espacio de decisión política en la institucionalidad cultural del país


Paola de La Vega
Universidad Andina Simón Bolívar
martes, marzo 12, 2019
Tradicionalmente la Casa de la Cultura ha sido una institución patriarcal; esta afirmación no responde solo a la ausencia de mujeres con poder político en la Casa, sino también a que el patriarcado está presente en los modos de administración, jerarquías, representación y prácticas que caracterizan a la Casa

Ecuador no cuenta con un corpus importante de datos sobre participación en cuanto a género en materia de cultura. Sin embargo, hay hechos que saltan a la vista: este año, la Casa de la Cultura Ecuatoriana -la institución del sector de mayor notoriedad y presencia en el país- cumple 75 años y no ha tenido desde su creación ni una sola presidenta mujer de la Sede Nacional. No es casual: esto demuestra cómo las estructuras patriarcales han funcionado en el Estado y las formas en las que se ha administrado la cultura en Ecuador.

Tradicionalmente, las mujeres en este sector han ocupado roles vinculados al trabajo instrumental, afectivo y de cuidado: productoras, secretarias, asistentes, y otros trabajos administrativos, lo que llamamos roles feminizados; pero los cargos de poder y de toma de decisión política en materia de cultura han tenido poca participación de las mujeres. Eso tiene que ver con la construcción histórica de la figura del intelectual letrado, el escritor en América Latina, que tradicionalmente ha ocupado cargos de poder en la institucionalidad cultural. El Estado encarga a esta figura la orientación político cultural de la nación: se trata de un pacto patriarcal.

La Ley de Cultura, aprobada en diciembre de 2016, trató de romper estas lógicas al deshacer, por ejemplo, las secciones académicas de la Casa de la Cultura, cuyos representantes visibles en lo público eran mayoritariamente hombres que tenían voz en juntas y asambleas y, por tanto, privilegios en las decisiones de esta institución. La legislación en mención se decanta por las asambleas en núcleos provinciales que, se supone, están concentrando a una diversidad representativa de actores culturales, incluidas las mujeres. Para ejercer este derecho de participación en las asambleas hay que tener el RUAC (Registro Único de Artistas y Gestores Culturales) que creó el Ministerio de Cultura y Patrimonio y que entró en funcionamiento en febrero de 2017.

Aunque tiene un carácter voluntario, este registro se abrió para, en teoría, otorgar derechos a los agentes culturales, entre ellos, participar en estas asambleas. Sin embargo, sigue siendo un espacio cooptado que no ha sido interpelado por otras  voces. Tradicionalmente la Casa de la Cultura ha sido una institución patriarcal; esta afirmación no responde solo a la ausencia de mujeres con poder político en la Casa, sino también a que el patriarcado está presente en los modos de administración, jerarquías, representación y prácticas que caracterizan a la Casa. ¿No es simbólico que hace dos meses haya sido borrada, sin mayor explicación, el Área de la Mujer Nela Martínez de la CCE?. La suerte del propio Ministerio de Cultura y Patrimonio no ha sido distinta; una sola ministra mujer en 12 años: Érika Silva.

En definitiva, existen razones históricas de peso: cómo se ha entendido a la organización cultural desde el poder estatal: el estado nación desde los años 20 y 30 en Latinoamérica asignó la responsabilidad de administrar la cultura al hombre, intelectual letrado: José Vasconcelos y Benjamín Carrión son dos claros ejemplos. También hay un componente de comprensión de lo político: los responsables de las instituciones culturales y cargos de poder en este campo han estado vinculados, en un alto porcentaje, a partidos políticos y movimientos de izquierda que tienen estructuras patriarcales muy claras en sus modos de organización y que se reproducen en las instituciones culturales.

Se debe entender que entrado el cambio de siglo en Ecuador, hay un quiebre importante en esta lógica: la cultura deviene un sector económico y un asunto de política de Estado  -cuando la cultura se vuelve un recurso, dice Yúdice- y empieza a profesionalizarse, por ejemplo, en gestión cultural. Mujeres formadas hoy en esta materia han comenzado a disputar estos espacios, y en algunos casos, no solo con herramientas de la racionalidad-técnica propia de la gestión tradicional, sino desde otras entradas y propuestas críticas como la economía feminista, los estudios culturales, las organizaciones de base comunitaria y de las culturas urbanas, entre otras.

Muy poca gente sabe que nuestra primera directora mujer de cine fue Mónica Vásquez, cuya producción cinematográfica más destacada ocurrió en los años 80. Ella era una directora “empírica”: se hizo en la praxis, pues en ese momento Ecuador no contaba con escuelas de formación en cine ni Vásquez pudo estudiar fuera. Tuve la oportunidad de trabajar con ella y en su testimonio cuenta que las mujeres, en ese mundo en el que ella incursionó, estaban relegadas a hacer el trabajo de script, anotadora y a otros roles marginales. Ella se atrevió, pese a las críticas y burlas.

Actualmente un mayor porcentaje del alumnado en gestión cultural es femenino y los roles invisibles siguen siendo ocupados por mujeres.  ¿Dónde están estas mujeres en cargos de decisión?

Como Mónica, hay varios nombres con los que estamos en deuda en el ámbito cultural. Varias mujeres,  artistas o gestoras extraordinarias, se han ocupado de promocionar el trabajo de figuras masculinas porque han sido sus parejas sentimentales, y han realizado por años, trabajos no remunerados y poco discutidos. Esa es una deuda que aún hay que investigar.

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